Está
Djokovic en su legítimo derecho de no querer vacunarse, así como está en su
legítimo derecho Australia a no dejar ingresar a alguien que no cumple las exigencias
pertinentes para acceder. Son las reglas, nos gusten más o nos gusten menos. Máxime
en un país donde se ha confinado durante varios días a la ciudad que alberga el Open
de Australia, Melbourne, por apenas una docena de positivos. Djokovic lo sabía.
Sabía que no le iban a dejan entrar, a pesar de la supuesta “exención médica”
que no ha acreditado debidamente.
Pero
resulta que ahora el tenista serbio es poco menos que un paria, un expatriado,
alguien que ha visto ultrajados sus derechos más básicos, acosado, crucificado
como Cristo y Espartaco. Y no como esos africanos que tan bien se lo pasan en los
CIES donde reciben alojamiento y pensión completa y un viaje pagado de vuelta a
sus países de origen por parte del estado. Pobre Nole.